domingo, 23 de marzo de 2025

El señor sin los anillos




Frodo Volodymyr vivía una existencia apacible en la Comarca ucraniana, una tierra de suaves colinas y vastos campos dorados. De día, él y sus vecinos recolectaban trigo, extraían gas y buscaban minerales en las riberas del Dnieper; de noche, se reunían en animadas fiestas donde la comida abundaba, el hidromiel corría como ríos y el sonido de las danzas llenaba el aire. La vida era sencilla y plena, hasta que un día todo cambió.

Frodo Volodymyr fue a visitar a su viejo amigo Bilbo, quien, con manos temblorosas, le entregó un anillo brillante y frío al tacto. "Guárdalo tú", le susurró Bilbo, agotado. "Su poder se ha descontrolado en mí". Pero apenas lo tomó, una voz oscura, susurrante en ruso, resonó en su mente, urgiéndole a llevarlo a Mordor Moscú, a las torres sombrías del Kremlin.

Días después, el Mago Gandalf Biden el Gris llegó a la Comarca en una visita inesperada. Sus ojos, nublados por la edad, aún destellaban sabiduría. "Ese anillo es peligroso", advirtió. "Debes llevarlo a los volcanes del Donbás y destruirlo en sus fuegos. Solo así se romperá su maldición". Ese anillo tenia el poder de dominar al mundo, creado hace cientos de años por Iván el Terrible, y quería volver a su dueño creador.

Pero el camino no sería fácil: las tierras del Donbás estaban infestadas de orcos de habla rusa, criaturas brutales al servicio de un poder lejano.

Frodo Volodymyr, acompañado por su fiel amigo Sam y un grupo de valientes hobbits, se armó con espadas, escudos y artefactos explosivos que Gandalf Biden les proveyó desde las lejanas tierras del Occidente. Así comenzaron su travesía. Durante meses, avanzaron entre emboscadas, dejando tras de sí un rastro de orcos caídos y aldeas devastadas, mientras eran seguidos de cerca por Elon Musk Gollum y sus satélites Starlink, un ser retorcido y astuto. Antaño un hobbit, Elon Gollum había sido corrompido por el anillo, que Bilbo le arrebató tiempo atrás en un acto de audacia.

Desde el Mordor de Moscú, Sauron Putin, el Señor Oscuro, percibió el movimiento del anillo acercándose a sus fronteras. Con un rugido de furia, envió a sus orcos guerreros y a los temidos Uruk-hai para reclamarlo. Sus huestes invadieron la Comarca ucraniana, arrasando campos y aldeas con una ferocidad implacable.

Los hobbits no podían enfrentar solos a tan vasto enemigo. Desde la Eurozona, los elfos respondieron al llamado: Aragorn de Alemania, un líder de temple férreo; Legolas de Francia, maestro de arcos y drones explosivos; y Gimli del Reino Unido, estratega de tanques y fortificaciones. Unidos, resistieron el asedio en el Abismo de Helm, en las murallas de Kyiv. Pero en Bakhmut, los Uruk-hai de las fuerzas Wagner los derrotaron tras una batalla brutal, dejando la tierra marcada por la sangre y el fuego. A pesar de ello los aliados seguían aguantando la ofensiva.

Mientras tanto, Frodo Volodymyr y Sam avanzaban hacia el Donbás, atravesando pantanos fétidos y campos de antiguas batallas de la Segunda Guerra Mundial, acosados por las fuerzas aéreas Nazgûl y sus bombarderos alados. Gollum, que los seguía de cerca, cambió de bando inesperadamente, ofreciendo ayuda a cambio de liberarse de la atracción adictiva hacia el anillo. Juntos llegaron al volcán, donde el anillo debía ser destruido.

Pero en el borde del abismo del volcán, Frodo Volodymyr vaciló. El poder del anillo lo seducía, prometiéndole fuerza para salvar su pueblo. En un instante de caos, Elon Gollum se abalanzó, arrancándole el anillo de las manos y huyendo hacia territorio ruso. Su traición quedó al descubierto: siempre había sido un espía al servicio de la antigua KGB.

En Mordor Moscú, Sauron Putin lo recibió con honores, junto a Donald Trump Saruman, el nuevo presidente de Magos Unidos, quien había derrotado a Gandalf Biden en unas elecciones marcadas por el olvido del viejo mago, perdido en las brumas del Alzheimer. Sauron deslizó el anillo en su dedo, y con un destello cegador, el poder de la antigua URSS y los zares rusos renació en él. A Elon Gollum, como recompensa, le otorgaron una empresa de litio, un ministerio en los Magos Unidos y un título nobiliario entre los suyos.

Frodo Volodymyr, derrotado, viajó al corazón de la Tierra Media, a Washington Isengard, para suplicar a Saruman armas y apoyo económico. Pero fue humillado públicamente por perder el anillo y los millones de dólares que Occidente había invertido en su lucha. Además, le exigieron las tierras ricas en minerales raros de la Comarca como pago por las deudas.

Los orcos y Uruk-hai, al final, recuperaron sus formas humanoides normales. No eran más que seres comunes, trabajadores, enviados a la guerra al igual que los humanos, hobbits, elfos y enanos del otro bando, atrapados todos en un ciclo de ambición y tragedia.

La Guerra de las Rosas Argentinas




En el año 1455, el rey Enrique VI Milei de Argentina, sentado en su trono en la corte de Buenos Aires, recibe noticias que estremecen los pilares de su reino. Mensajeros exhaustos, con capas raídas por el viento y empapadas de sudor, irrumpen en el salón real, sus rostros demacrados reflejando la urgencia de sus palabras. Informan que el Banco Central, en un acto de pura desesperación, ha arrojado mil millones de dólares al mercado para sostener una moneda local que se desmorona como arena entre los dedos. 

Al otro lado de la frontera, Brasil, su eterno rival, ha devaluado su divisa, desatando una tormenta económica que azota las tierras del sur. Los recortes brutales en el gasto público, impuestos por el rey con mano implacable, han resultado insuficientes: las arcas reales yacen vacías, incapaces de soportar los intereses de una deuda externa que se alza como un gigante oscuro sobre el trono. El ministro de economía, Luis "Toto" Caputo de Suffolk, un hombre de rostro anguloso y mirada esquiva, se retuerce las manos, incapaz de domar el caos que se avecina.

Para colmo, desde las sombras del Instituto Patria, la ex reina Cristina, destronada pero nunca silenciada, lanza un nuevo dardo envenenado. Un pergamino mordaz, transportado por palomas mensajeras, llega a la corte con un insolente "Che, Milei" garabateado al inicio, seguido de una cascada de críticas caóticas y humillantes que resuenan como carcajadas crueles entre los nobles reunidos, sus ecos rebotando en las paredes de piedra.

Abrumado por el peso de las calamidades, Enrique VI Milei sucumbe. Sus ojos se velan, su voz se extingue y cae en un trance catatónico, inmóvil como una estatua tallada en mármol frío. En el torbellino del caos, su hermana, Karina de Anjou, se alza como un faro de determinación. Con mirada acerada y puño firme, toma las riendas del reino, flanqueada por su consejero, Santiago Caputo de Warwick, un hombre de ingenio cortante y ambición sin fin. Juntos, gobiernan Argentina con una mezcla de audacia y cálculo, desafiando las tormentas que rugen a su alrededor.

Mas las intrigas tejen su red. Mauricio Macri de York, un noble astuto y de voluntad férrea, señor de las tierras del norte, huele la oportunidad en el aire cargado de crisis. Desde su fortaleza en las colinas, exige a Karina espacios de poder a cambio de su respaldo para negociar un nuevo préstamo con el Fondo Monetario Internacional, una entidad venerada y temida, cuyos emisarios dictan destinos desde torres lejanas. Atrapada entre la necesidad y la sospecha, Karina cede con renuencia. Con la mediación de Mauricio, el oro fluye nuevamente a las arcas reales, ofreciendo un respiro fugaz.

Pero el destino, caprichoso y cruel, da un vuelco. Cuando Enrique VI Milei despierta de su letargo, con la mente aún nublada pero el fuego renacido en su pecho, descubre que Karina ha tejido una red de poder a su alrededor. En un golpe audaz, ella aparta a Mauricio de los dominios que había reclamado. La traición prende la mecha de la guerra. Mauricio, con los ojos encendidos de furia, forja una alianza con Santi Caputo de Warwick, quien abandona a Karina, seducido por promesas de riquezas y títulos. Juntos, alzan un ejército y marchan contra las fuerzas leales a Milei. Ambos contendientes se identificarán con rosas de distinto color. La rosa amarilla para las tropas de Mauricio de York. La rosa violeta para las fuerzas de Enrique Milei de Lancaster.

La batalla de St. Alban estalla bajo cielos plomizos, un choque de acero y sangre sobre campos empapados por la lluvia. Las huestes de la odiada Patricia Bullrich de Somerset y su lugarteniente Luis Petri combaten con ferocidad bajo el estandarte de Milei, pero son doblegadas por la astucia y el número de los hombres de Mauricio. Capturada, Patricia enfrenta un destino tan cruel como grotesco: es encerrada en un tonel de vino, donde, según las crónicas susurradas por trovadores, sobrevive milagrosamente. Su cuerpo genera branquias entre las uvas fermentadas, un mito que perdurará en las canciones. Luis Caputo de Suffolk, desacreditado y humillado, huye al exilio, buscando refugio en una de las tantas propiedades sin declarar al fisco del barón Ritondo, un aliado en la oscuridad.

Mauricio de York, victorioso, se proclama Lord Protector, relegando a Enrique VI Milei a un trono vacío, un rey de paja bajo su yugo. Pero Karina no se rinde. Huye a Córdoba, donde encuentra asilo entre los nobles peronistas de tendencia negociadora pero antikirchneristas, una facción astuta y apasionada. Con un ejército forjado en Carlos Paz y en las costas uruguayas de Punta del Este, inicia la contraofensiva, resuelta a reclamar su legado. En las llanuras del sur, sus fuerzas, inflamadas por el fervor peronista tradicionalista, aplastan a las de Mauricio en un combate épico. Acorralado y sin escapatoria, Mauricio cae bajo la espada de un soldado anónimo y su ambición es extinguida en el fango.

Enrique VI Milei, restaurado en el trono, y Karina de Anjou, su mano derecha, gobiernan un reino maltrecho pero tenaz. La paz, sin embargo, es un espejismo. Santi Caputo, eterno oportunista, halla un nuevo campeón: Victoria Villarruel, condesa y lider de la cámara de lores e hija adoptiva de Mauricio de York.

En la sangrienta batalla de Towton, Victoria derrota a los hermanos Milei y se ciñe la corona. Enrique Milei es encadenado, y Karina huye una vez más. Caputo, erigido en hacedor de reyes, saborea el poder desde las sombras. Bajo su mando tiene a todas las fuerzas de espionaje e inteligencia.

Pero Victoria Eduarda IV no admite rivales. Tras desposar a Isabel de la familia Woodville, una dama de belleza hipnótica y ambición feroz, comienza a desplazar a Santi Caputo. Enfurecido, este se alía nuevamente con Karina de Anjou y, tras un combate fugaz, derroca a Victoria Eduarda, devolviendo el trono a Enrique VI Milei. El triunfo es efímefo: Victoria reagrupa sus fuerzas, aniquila a las de Caputo y lo mata en el campo de batalla. Su reinado florece hasta que una fiebre, fruto de un banquete desmesurado, la lleva a la tumba.

Sus hijos adoptivos, Ignacio Torres (conde de Santa Fe) y Maximiliano Pulllaro (conde de Chubut), deberían heredar la corona, pero el hermanasto de Victoria, Ricardo Espert, los traiciona. Encerrados en la Torre de Londres y declarados ilegítimos, desaparecen en las tinieblas de las mazmorras. Ricardo III Espert se autoproclama rey, pero su corona carece de sostén. Desde el sur emerge Enrique Axel Kicillof, duque de la provincia de Buenos Aires, quien reclama el trono por linaje vinculado a Enrique Néstor Kirchner III y Cristina IV. Con un pequeño ejército, desembarca en Avellaneda, sumando a su causa gobernadores e intendentes peronistas y radicales, hartos del desorden.

En la batalla de Bosworth, Ricardo III Espert cae. Según un Shakespeare criollo, en su agonía y derribado de su corcel, clama: "¡Mi reino por un Domingo Cavallo!"; antes de ser rodeado y ultimado por lanzas enemigas. Enrique Axel VII Kicillof se corona rey y, para sellar la paz, desposa a una hijastra de Mauricio de York y le cede una intendencia a un sobrino de Enrique Milei, uniendo las casas en pugna y clausurando la Guerra de las Dos Rosas Argentinas.

Mas los problemas persisten y su gobierno no estará libre de obstáculos. Lord Máximo, hijo de Cristina y lider de la orden templaria La Cámpora, junto a figuras como Pichetto, Massa y Lali Espósito, alzan sus propias banderas, reclamando derechos al trono. Los ecos de la guerra reverberan por décadas, sembrando las semillas de futuras rupturas: el cisma entre la Iglesia Católica y los protestantes, y la guerra civil del siglo XVII, capítulos que los cronistas aún habrían de escribir con tinta amarga.

El Antiestado Anarcoislámico

 



En junio de 2014, 1500 soldados del AntiEstado AnarcoIslámico liderado por Abu Bakr Al Milei, tomaron la ciudad de Mosul en un audaz asalto. Frente a ellos, 25.000 soldados gubernamentales abandonaron la ciudad en desbandada, dejando tras de sí todo su arsenal militar. Este ejército oficial justicialista, minado por disensiones internas, traiciones y una corrupción rampante, se retiró de manera caótica y desorganizada.

El AA había surgido como una fuerza imparable dentro de las filas rebeldes en Siria y el norte de Irak, ganando terreno rápidamente al enfrentarse tanto a los gobiernos establecidos como a las facciones opositoras más moderadas. Abogaban por una interpretación extrema del liberalismo económico sin estado, una visión radical que combinaba una fe absoluta en la libertad individual con una lectura literal de textos religiosos reinterpretados. Sus filas crecían a pasos agigantados, alimentadas por sunníes justicialistas descontentos del ejército gubernamental, así como por disidentes provenientes de grupos rebeldes afines al PRO y los vestigios de la UCR.

Para el AA, cualquier versión moderada de la tendencia sunní era considerada comunista, mientras que los shiíes peronistas de fe kirchnerista, cristianos seguidores de Papa Francisco y otras minorías religiosas de izquierda eran vistos como enemigos a eliminar. Curiosamente, no dirigían sus ataques contra el estado de Israel, pero declaraban como adversarios principales a Rusia e Irán. Aunque no contaban con el apoyo directo de los demócratas de Estados Unidos, recibían armamento de manera indirecta a través de facciones rebeldes "moderadas" que, a su vez, vendían sus excedentes al AA.

Sus recursos económicos provenían del petróleo de Vaca Muerta, la soja y los yacimientos mineros capturados durante sus conquistas. Mantenían una moneda estable mediante el saqueo y la venta de tesoros arqueológicos en el mercado negro, mientras desviaban los ingresos destinados a los jubilados, a quienes consideraban herejes y traidores a su visión extremista.

Aprovechaban redes sociales en internet para difundir su propaganda, ganando adeptos internacionales y generando cientos de células autónomas que operaban en distintos rincones del mundo.

Sin embargo, la arrogancia de sus rápidos avances los llevó a sobreestimar sus capacidades. Convencidos de que podían conquistar el planeta, comenzaron a interferir con los intereses de sus propios aliados. Incluso se atrevieron a manipular el sistema de criptomonedas, creando memecoins fraudulentos con los que estafaban a inversores mediante esquemas piramidales. Esta audacia marcó el inicio de su declive: la desconfianza de sus socios estratégicos creció, y muchos les dieron la espalda. Algunos, incluso, pasaron a atacarlos directamente.

Con el tiempo, Estados Unidos, ahora bajo el gobierno del republicano de Trump —un líder que había adoptado algunos de los métodos de gestión y la retórica extrema de Abu Bakr—, por un lado, y Rusia e Irán por el otro, comenzaron a cercar al AA.

Las fuerzas opositoras regionales basadas en partidos tradicionales, aprovechando el desgaste del enemigo, lograron retomar Raqqa y Mosul, poniendo fin al meteórico ascenso del grupo. Así, lo que había sido una amenaza global se desmoronó bajo el peso de sus propias ambiciones desmedidas.

Sin embargo, el destino final del AA y de Abu bakr Al Milei permanece envuelto en distintas versiones, cada una susurrada en los rincones del mundo que aún recuerdan su paso:
Tras la reconquista de Raqqa y Mosul, el AA se vio reducido a un puñado de combatientes dispersos, acorralados en el desierto que una vez juraron dominar. Al Milei, el líder carismático que había encendido la chispa de su ascenso, fue capturado mientras intentaba huir con un cargamento de memecoins sin valor. En su juicio improvisado, transmitido en vivo por las redes que alguna vez usó para reclutar seguidores, pronunció sus últimas palabras: "La libertad de mercado absoluta es el único dios verdadero". Pero su voz se perdió en el viento, ahogada por el rugido de los tanques gubernamentales. El AA colapsó, dejando tras de sí un legado de caos y un mundo que, aunque victorioso, nunca olvidaría el precio de su ambición desmedida.

En otra versión, cuando todo parecía perdido para el AA, con Raqqa y Mosul nuevamente en manos de los partidos tradicionales, un rumor comenzó a circular: Al Milei no había sido capturado en la batalla final, como se creía, sino que había dejado un doble y escapado con un pequeño grupo de leales. En las sombras, lejos de los ojos de sus enemigos, comenzaron a reconstruir su red, esta vez no con armas ni petróleo, sino con algo más peligroso: ideas. Las células autónomas, que nunca fueron completamente destruidas, resurgieron en silencio, alimentadas por una nueva generación de descontentos. El AA había sido derrotado en el campo de batalla, pero su espíritu extremista, como un virus, se preparaba para infectar de nuevo un mundo desprevenido.

La caída del AA marcó el fin de una era de caos, pero no sin un costo devastador. Las ciudades que una vez controlaron quedaron en ruinas, sus tesoros arqueológicos perdidos para siempre y sus habitantes atrapados en un ciclo de desconfianza y reconstrucción.

Estados Unidos, Rusia e Irán, aunque salieron victoriosos, se retiraron debilitados tras sufrir enormes costos, delegando a las fuerzas gubernamentales locales la ardua tarea de sanar las heridas dejadas por el conflicto. A pesar de esto, Estados Unidos continuó respaldando a facciones macristas derivadas del AA que compartían las mismas ideas y sus metodologías eran similares pero que se adaptaron a formas más alineadas con los estándares del mundo occidental.

En las calles de Mosul, un niño encontró una moneda digital del Antiestado Anarcoislámico ya inservible, y la arrojó a su casilla de reciclaje. El sueño de un mundo sin estado se desvaneció, pero la pregunta quedó flotando en el aire: ¿qué sucede cuando la libertad se convierte en tiranía? El AA había muerto, pero sus ecos resonarían por generaciones.